Homicidios, S.L.

Love,Elliot (1)
Esta historia que hoy dejo por aquí no tiene nada de especial… Salvo que la escribí hace más de diez años en un momento muy bueno de mi vida. Tal vez por eso me traiga buenos recuerdos y le tenga tanto cariño.

Sus pasos eran inseguros, vacilantes. Caminaba despacio por la estrecha acera de una callejuela demasiado estrecha, vacía, mal iluminada ante la noche que comenzaba a caer. Andrés sudaba, a pesar del frío que caracterizaba a la ciudad en el mes de febrero, que se filtraba hasta los huesos y adormecía los miembros. ¿Por qué estaba nervioso? No lo sabía. A fin de cuentas, era un servicio al que mucha gente recurría. Como si fuera lo mismo que ir a un bar de copas o cenar en un restaurante. Sí, exactamente así.

No le costó demasiado encontrar el número 113. Al igual que los demás edificios, parecía muy antiguo y la pintura, desconchada, dejaba ver por algunas zonas el color pardusco del hormigón. La puerta daba paso a unas escaleras estrechas y estaba de par en par, como si alguien hubiera estado esperándole.

Se secó el sudor de la frente. Dios mío, los nervios se lo comían por completo.

Subió hasta toparse con una inmensa puerta de madera carcomida. Era curioso que, pensando en la cantidad de clientes que atenderían, un lugar como aquél no tuviera ninguna clase de lujos. Bueno, aunque mejor pasar desapercibidos. Antes de que pudiera llamar a la puerta, apareció detrás de ella una inmensa mole con cara de pocos amigos.

–Buenas tardes, señor –dijo la voz ronca del gordo, que era la misma que le había atendido por teléfono aquella mañana. –Le estábamos esperando.

Andrés, sin abrir boca, siguió los pasos del gordo, que caminó por un pasillo y se adentró en un despacho que había al fondo. Hacía un frío terrible en la casa, pero el pobre Andrés no paraba de enjugarse el sudor en el pañuelo como podía, con sus manos temblorosas.

–Tome asiento, por favor– la voz del gordo parecía amable a pesar de su feroz apariencia.

El gordo tomó asiento detrás de la mesa del despacho. Andrés se acomodó como pudo en una vieja silla de madera.

–Bien, vayamos al grano. –a Andrés le pareció cómico que el gordo siempre hablara en plural, como si alguien más estuviera presente. –¿Ha traído usted la foto?

– S…sí, señor – contestó Andrés alargándole la foto de Mauricio Hernández, su jefe de departamento.

–Veamos… – el gordo rebuscó entre los papeles de su escritorio.

El odio de Andrés hacia Mauricio estaba justificado. Durante años, Mauricio lo humilló constantemente, día tras día. Al principio solo eran pequeñas bromas, tomaduras de pelo, pero con el tiempo hasta sus compañeros adquirieron la costumbre de burlarse de él. Fue degradado poco a poco al recibir órdenes como servir los cafés o hacer fotocopias. Y como por vía legal, Andrés se veía imposibilitado a hacer nada, había recurrido a Homicidios S.L.

Aquella misma mañana, cuando llegó a la oficina, no había nadie todavía. Mauricio le había dejado una buena pila de papeles para fotocopiar, y alguien había descuidado en su mesa una pequeña tarjeta amarilla con letras impresas:

Homicidios, S.L.

Tómese su justa venganza

Y debajo, en letra cursiva, un número de teléfono y una dirección.

–Necesitaríamos saber la edad, número de teléfono, lugar de residencia y trabajo y horas de entrada y salida de casa y de la oficina –bramó la voz ronca del gordo, devolviéndole a la realidad. –Puede usted rellenar el papel.

Andrés tomó tembloroso el bolígrafo que le extendió el gordo. Suspiró silenciosamente, tomó aire y comenzó a rellenar los datos con la mejor letra que sus nervios le permitieron.

–No se preocupe usted, señor – la voz del gordo se volvió casi amigable. – Todos tenemos en este mundo algo o alguien que nos estorba, ¿no es verdad?

–S…sí… –murmuró Andrés.

El gordo le dio unas palmaditas afectuosas en el brazo. Andrés tragó saliva. Le extendió la hoja con los datos y se encogió en la silla de nuevo.

–Muy bien – el gordo comprobó los datos antes de dejar la hoja a un lado. –Ahora he de comentarle que hay varias opciones…

–Varias…¿opciones?

–Sí. Digamos que hay algunas maneras de asesinar que son más económicas que otras…

–¡Ah! – Andrés no sabía dónde meterse

–Por ejemplo, el estrangulamiento y casi todas sus modalidades son una opción barata, pero más insegura que un arma blanca, o incluso una pistola… Claro que el envenenamiento es la más cara de todas, porque ya sabe, es difícil tal y como están las cosas conseguir el material…

–A…¡ah!

Por supuesto que Andrés quería hacer el trabajo de manera económica. Pero no, la opción de estrangular a Mauricio le parecía demasiado arriesgada. Y también la de acuchillarlo. No… Podría escapar…Podrían complicarse las cosas hasta incluso verse delatado. Su angustia le impedía pensar demasiado bien, pero creyó que la opción de utilizar pistola no era mala idea.

–¿Podría…simular un atraco?

–Por supuesto amigo. Claro que eso tendría un plus de cincuenta euros.

Cincuenta euros. Y solo era un plus. Le daba miedo preguntar cuánto valdría todo.

–Y un atraco con pistola…¿Por cuánto me saldría?

–Veamos –el gordo resopló y comenzó a aplastar los números de la calculadora con sus enormes dedos. –Quinientos sesenta euros en total, con el IVA seiscientos cuarenta y nueve. Claro está, si le quiere añadir el seguro…

–El…¿seguro?

– Verá, nuestros métodos son buenos, pero no siempre salen bien las cosas. Hay veces en las que el plan se estropea por culpa de la policía…Y claro, no querrá cargar con los gastos de un abogado…Son veinticuatro euros.

Andrés soltó un quejido lastimero, agachando la cabeza. No ganaba demasiado en su trabajo, pero para los tiempos que corrían, era todo un privilegio tener un sueldo. Pero pensó que merecía la pena. Tal vez, incluso le ascendieran una vez que ya no estuviera Mauricio, y le subirían el sueldo de una vez por todas después de innumerables años.

–De acuerd…

¡Bang!

Una pistola humeaba frente a la cabeza levantada de Andrés. El gordo la sostenía firmemente, clavando sus fieros ojos en el cuerpo que comenzaba a resbalar de la silla hasta quedar en una postura un poco extraña. Debía ser incómoda incluso para un muerto.

No había sido difícil engañarle. El gordo cogió el teléfono y marcó un número que tenía apuntado en un papel.

–¿Sí? ¿El señor Hernández? Le llamaba de Homicidios, S.L… Todo perfecto… Ha picado como un pez. ¡Claro que he esperado a ver si se arrepentía! Pero nada. No se preocupe. Nosotros nos desharemos del cadáver. Claro que con un pequeño plus en el precio final…

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