Terapia alternativa

 

TERAPIA ALTERNATIVA (1)

Me cago en mi vida.

Si hubo tiempo o espacio para dedicarle un pensamiento en aquel momento, de lo cual no estoy muy segura, estoy convencida de que fue aquella la primera ráfaga que cruzó por mi mente cuando escuché un ruido seco, la puerta que se abría de golpe y una voz que nos gritaba que estuviéramos quietos o nos reventaba la cabeza. De algo estoy segura: una vez más, estaba en el lugar equivocado. Muy equivocado. Me cago en las muelas de Cristina, y en las de Ana. También en las de Charo, pero menos. Ya tiene bastante con ser una rancia y agarrada. Me cago en la brillante idea de traerme a una sesión de reiki por mi cumpleaños. Para desfogarte, dijo la muy pava de Charo. A dos metros delante de mí, un tipo con una pistola. A aquel hombre, de unos treinta y pocos años le temblaba un poco el pulso pero encañonaba directamente al pecho de Alberto, el reikiterapeuta o como mierdas se llamen estos soplapollas sacacuartos.

Para desfogarme los cojones.

El desconocido le grita al reikiterapeuta-soplapollas algo de que le ha destrozado la vida, y de que le va a volar los sesos a él y a mí, que apenas he tenido tiempo de incorporarme de la camilla. Que ya se los ha volado a la chica de recepción y que no hay vuelta atrás. Una pena porque era muy maja, la chavala. Estoy segura de que una cena en Platea hubiera resultado menos violenta, pero mis queridas amigas son así de gilipollas, y a Dios gracias que no me invitaron a una reunión de Herbalife: de ahí nadie hubiera salido vivo. No me lo tengáis en cuenta; me he bebido…¿cuatro? Gintonics antes de venir a ver al desgraciado encañonado.

Cálmate, Oscar. Cálmate, por Dios. Baja esa pistola ahora mismo o le vas a hacer daño a alguien, le dice Alberto. Menudos cojonacos tiene el reikiterapeuta. No se le ocurre nada mejor que decir, ni siquiera al observar que una cabeza, la de Amparo la recepcionista, que aparentemente había estado apoyada en la pared y probablemente sin vida, caía sobre el suelo ante la puerta con un desagradable y hueco sonido. Vamos a hablar, Oscar. Alberto, que lleva una puta pistola en la mano, joder. ¿De qué cojones va a querer hablar? Que digo yo que serás un reikiterapeuta de la hostia, pero como negociador das puta pena. Discrepo con lo de reikiterapeuta de la hostia, dice haciendo un gesto tan amenazante como feo con la pistola, pero al menos la chica tiene un poco más de sensatez que tú, estúpido cobarde. No vas a salir vivo de aquí.

No sé por qué extraño mecanismo en mi cabeza se cruzó la escena de la Princesa Prometida en la que Íñigo Montoya le suelta esa famosa frase de “tu mataste a mi padre… ¡prepárate a morir!” Por lo menos se me había ocurrido un pensamiento gracioso antes de espichar. ¿De qué cojones te ríes? Me encañona ahora a mí, beoda perdida, con ojos de loco, furioso, como si estuviera poseído, y yo, que soy más gilipollas que ni queriendo, y más cuando me dan de beber, le cuento lo que he pensado. Alberto suelta una risa nerviosa. El otro se encabrona todavía más y agarra por el cuello al reikiterapeuta, asiéndolo desde atrás y apuntándole directamente en la sien. Como alguno de los dos se ría, juro que lo reviento ahora mismo.

Por mí como si quieres hacer un cocido madrileño con el soplapollas que se acaba de mear encima. Hoy es mi cumpleaños, joder, llevo sin celebrarlo como Dios manda una infinidad de años. Hace una semana me dejó mi novio de para-toda-la-vida por una rubia de tetas gordas con la que me ponía unos cuernos como la catedral de Burgos, me están saliendo arrugas, me fumo dos paquetes de Marlboro al día y del alcohol mejor ni hablamos. Sí, la rubia es profesora de yoga, ya ves cómo es la vida de puta. Y para colmo en vez de regalarme una de las cosas que tengo en mi lista de regalos tan cuqui de Amazon, me han traído aquí con el gilipollas de las narices. Cuatro putas sesiones me han comprado en Atrápalo. No, si quieres hasta le disparo yo, chato.

Dice que ah, que bueno, que como me ha dejado el gilipollas de mi novio igual me perdona la vida. Luego se mea de la risa. No me ha entendido. Tampoco es su culpa: hay hombres que nacen con el cerebro del tamaño de una nuez. Bueno, y mujeres también. Mujeres rubias de tetas gordas que se dedican a dar clases de yoga, fundamentalmente.

Suena el teléfono, pero por supuesto, Amparo la recepcionista está fuera de cobertura.

Me apunta. Mierda, seguro que me ha leído el pensamiento. A ver, Óscar, ya que no parece que vayas a disparar por el momento cuéntame ahora tus traumitas, que seguro que tienes muchos. ¿Qué me vaya a la mierda? Disculpa, vivo en la mierda desde hace mucho tiempo, ¿o es que no me has oído antes? Que ya sé, que tú te esperabas algo más melodramático y tenso, pero joder, es que a mí cuando me dan por el culo me reviento a beber gintonics, no a pegar tiros como una descosida. Y cuando bebo gintonics, hablo que da gloria escucharme. No, si ya, ya me he fijado, dice el furibundo Óscar. Tu amigo Alberto, el gilipollas nacional. El que se tira a sus pacientes, incluyendo a mi mujer. Pues será a todas menos a mí, fíjate, no he tenido esa suerte. ¿Sabes que me ha dejado por culpa de este soplapollas? Ah, vaya, discúlpeme usted, don Óscar. Tiene todo el derecho del mundo a volarle los sesos por eso. De paso, si quiere y sigue usted con angustia, le doy el contacto de una monitora de yoga rubia con tetas gord… ¡Joder, que te calles de una puta vez!

Alberto se desmaya. Hostias, menudo aguante que tiene el de la paz interior. Mira a ver, Óscar, que seguro que le ha dado un chungo, no vayas a tener que llamar a una ambulancia. Lo que voy a tener que hacer es reventarte a ti primero, payasa de los huevos. ¿Y eso por qué? Me pongo nerviosa. Yo no me he tirado a tu mujer. ¡Cállate, zorra inútil!, me grita el muy imbécil. Mierda, mierda, mierda. Va a disparar. Fijo. Me acorrala, llevándome a punta de pistola hacia la pared. Con lo blanquitas que están, va a desgraciarlas el soplapollas número dos. De repente, un sonoro ruido se libera entre mis nalgas en forma de ventosidad, ante la mueca de asco del subnormal con pistola. Disculpa, Óscar, los gintonics dan muchos gases. Joder con la zorra de los cojones, ¡encima es una guarra! ¡Eh! No te pases, que yo con mi cuerpo hago lo que quiero. Es en cierto modo cómico que la musiquita rollo zen que enchufan en todos estos sitios no se haya detenido ni un momento, ni siquiera cuando voy a morir. Joder, pónganme algo más épico, pienso, que morirse así da un poco de pena. Luego lloro un poco, y le digo que echo de menos al gilipollas de Manuel.

Por un momento, parece realmente conmovido. Que me tiene que matar sí o sí, porque ya le he visto la cara y en todas las películas se sabe que se tiene que coser a balazos al testigo si uno no quiere que acabe la cosa mal. Pues es una pena, porque por la ventana que hay a nuestro lado se ve que hace un día de puta madre. Ya podría estar lloviendo, me cago en Dios. Me voy a morir peyéndome viva, y el gilipollas de Manuel hasta se alegrará. Mi futuro verdugo me dice que me tranquilice, que no me va a doler y que todo se irá. Que no es para tanto. Joder, sabrás tú, cabronazo. Me sorbo los mocos. Venga, mujer, que yo tengo un poco de prisa, que se me hace tarde y se va a montar un pifostio de puta madre aquí en un rato. Le digo que tenga paciencia, que una no se muere todos los días en la consulta de un soplapollas. Tengo que asimilarlo, pero mala cosa es cuando no tienes ni idea de cómo es morirse.

Da un par de vueltas sin dejar de apuntarme y me pregunta, impaciente, si ya estoy lista. Le digo que qué remedio, que lo haga ya o si no en vez de peerme encima me voy a cagar viva, y eso ya sería el descojone del gilipollas de mi ex. A ver qué haces luego con el soplapollas, que no se te olvide matarlo a él también. Que no vale eso de pagar justos por pecadores y que luego se vayan de rositas. No te preocupes, mujer. Vale, no mires, que voy. ¿Cuento hasta tres? Vete a la mierda, en serio. No, como no dispares ya la que te reviento a hostias soy yo. Venga, voy.

Espero la detonación sin mirar. Vacila. Inspiro por última vez anticipando la descarga. Luego aguanto la respiración. Una, dos…

Un sonido breve y seco corta el silencio. Casi hecha un ovillo, me pregunto si ya estoy muerta. Ha sido un disparo, de eso estoy segura, o al menos lo estaría si no fuera por el hecho de que el susto ni siquiera me ha conseguido bajar los gintonics. ¿Me he cagado encima ya? Unas voces se apresuran hacia la sala, confusas. Abro un ojo y los veo entrar casi desordenadamente; uno de ellos se ha agachado en el lugar donde Alberto yace inconsciente y le toma el pulso. Joder, yo me esperaba el recibimiento de San Pedro, pero el del Cuerpo de Policía es mucho mejor, dónde va a parar. De pronto, empiezo a ser consciente de lo que ha ocurrido: el soplapollas número dos está tieso. Le han incrustado un balazo en la sien desde la ventana. ¿Un francotirador? Venga ya, cojones, Elena, lo importante es que estás viva. Y borracha.

Cristina se abre paso entre la multitud y aparta de un manotazo a un sanitario que me atendía. Joder, Elena, qué susto nos has dado, de verdad. Estas cosas solo te pasan a ti. Ni que lo digas, maja. ¿Estás bien? Pues he tenido días mejores, pero gracias por preguntar. Dame un cigarro, anda. Deberías dejarlo, sobre todo después de lo que ha pasado. Sí, no te preocupes, Cristina. Ya he escuchado que una cosa como estas te hace mejor persona, y he pensado que mejor me voy a cambiar al Winston, si no te importa, que tiene menos mierda que este. Esa será mi contribución para la humanidad. Venga por Dios, tienes que intentar sosegarte un poco. No, si relajada estoy un huevo, no veas lo terapéutico que es una sesión de reiki con asesino incluido.

Ahora bien, te digo una cosa, Cristina: los cupones de Atrápalo te los puedes meter dobladitos por el culo

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